Educación y cine: Cuerdas (cortometraje)

Ver este corto me ha hecho reflexionar y darme cuenta (otra vez) de como crecer es algo inevitable que se escapa a nuestro control. El tiempo pasa y nosotros lo único que podemos hacer es verlo avanzar. Una cosas que me fascina es ver cómo evolucionamos y cambiamos los seres humanos, a veces a mejor y otras a peor, pero el cambio siempre es algo que hace que mires el pasado y que en algunas ocasiones no te entiendas, y en otras, añores la forma que tenías de afrontar ciertas cosas. 

Hoy, tras ver este corto, tengo que hacer especial hincapié en la capacidad que, lamentablemente, perdemos y que sería bueno no olvidar: la capacidad de imagir, de soñar y de no tener dobleces ni maldad. Y en esto, los mejores profesores, de los que tanto tendríamos que aprender, son los niños.

El corto “Cuerdas” que compartimos hoy es, simplemente, magnífico. No sólo por la crudeza de la historia, sino por la completa y total verosimilitud de la misma. ¿Quién dudaría que una niña no cree que es capaz de enseñar a andar con cuerdas? ¿O de estar convencida de poder bailar mientras la música suena, recreando en su mente el más grande de los bailes digno del lugar más lujoso del planeta, cuando en realidad está sosteniendo a alguien que ni siquiera puede moverse en una clase?

Nosotros, los adultos, llega un momento en el que perdemos esa capacidad, y por eso “El Principito”, confundido, dice cosas como: “Las personas mayores nunca comprenden por sí solas y es cansado para los niños tener que darles siempre y siempre explicaciones”. Todo eso me recuerda a mí cuando, de pequeña, estaba en el sofá, convencida de estar escalando el mismísimo Everest. Y de no entender cómo mi madre no era capaz de ver, desde su mente adulta, que estaba en medio de una gran escalada con mi hermano, y no haciendo el tonto en el sofá. 

                                                                                         

La historia de Cuerdas sin duda es triste, pero también tiene un toque de esperanza e ilusión al ver cómo una niña es capaz de romper las barreras directamente, porque no sabe que existen. De cómo para ella lo imposible, en su mente, es totalmente posible. Muchas veces, el motor que nos mueve a hacer determinadas cosas, es la inconsciencia de no saber que no se pueden hacer. Y no hay mejor sabor que el que obtenemos cuando logramos hacerlas. Ya lo dice Walter Bagehot: "El mayor placer en la vida es hacer lo que la gente te dice que no eres capaz de hacer". Y quien dice la gente dice también tú mismo (inconscientemente).  

Ya para concluir, esto nos ha hecho darnos cuenta que una academia, como la que queremos ser,  tiene la obligación de entender que el aprendizaje es algo en dos direcciones y que un niño también tiene muchas cosas que enseñar. Por eso, Pizarra Inquieta hoy, quiere dar las gracias a los niños, por recordarnos, de vez en cuando, lo mucho que la vida vale la pena y que el amor mueve montañas, corre maratones y mete goles con cuerdas. 

Esperamos que corto y reflexión os hayan gustado. Escribimos pronto ;)

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